
Si existiera lo perfecto Pedro Cano lo habría pintado, o tal vez lo sigue buscando para dejarlo impreso para siempre en la tela de sus cuadros, en el papel que habitan sus acuarelas o en las páginas de sus cuadernos de viaje.
Hoy como ayer, desde que compartimos “pecera”, él como Gran Pez y yo como Doña Sardina en el Entierro de hace una década en las Fiestas de Primavera, nos encontramos con el entusiasmo compartido de la amistad duradera.
Pedro Cano permanece inviolable al paso del tiempo, nunca se deja abandonar por la sencillez que acompaña sus trazos y su naturaleza de artista se percibe al momento, sólo con verle caminar.
Siempre está de regreso que no de vuelta, y a la vez siempre despidiendose hacia un nuevo destino.
Quiere a Murcia y se le nota, tierra adentro confiesa su pasión por el Valle de Ricote que le vió nacer y cerca de la orilla gusta de mirarse según ha contado en el espejo refrescante del Mar Menor.
Ha sido estupendo su regalo de verano a modo de cartel y lo cierto es que yo, que estaba pensando escribir sobre las banderas negras, he cambiado de color, creo que para evitar el sonrojo y la verguenza que me produce que estemos a la cabeza de tan siniestro ranking .
Me quedo con el azul plata de la singular laguna en la que el pintor ha puesto su mirada.
